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dimarts, 19 de juny del 2012

La Capella Sixtina segons Charles Dickens

Vimos muy poco en la Capilla Sixtina el miércoles, porque cuando llegamos (aunque fuimos muy pronto) ya no cabía un alfiler. La gente se amontonaba incluso en la sala contigua, apretujándose en la puerta, debatiéndose, protestando y apresurándose a ocupar el espacio libre cada vez que sacaban a una dama desmayada, como si pudieran meterse en el mismo cincuenta personas. Unas veinte personas se debatían con el grueso cortinaje de la puerta de la capilla, empujándose unas a otras en su afán de agarrarlo y mantenerlo alzado para poder oír el miserere. El resultado era una extraordinaria confusión, pues parecía enroscarse alrededor de los desprevenidos como una serpiente. Una señora se enredó en él y no podía soltarse. Luego se oyó la voz ahogada de un caballero que suplicaba que lo sacaran de allí. A continuación, dos brazos envueltos en el mismo (no se sabía si de hombre o de mujer) se debatían como si estuvieran dentro de un saco. Tan pronto lo arrastraban a la capilla como si fuera un toldo, como hacía afuera, tapando a un guardia suizo que llegó en aquel preciso instante a poner orden.

D'Estampas de Italia, de Charles Dickens. Traducció de Ángela Pérez. Alba Editorial

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