En la casa [la dona] es dueña absoluta del menaje, y cunado el marido no tiene medios de procurarla una criada, va él mismo al mercado con la cesta a buscar comestibles, que ella prepara. El marido come primero solo; la mujer lo hace después con los hijos. Ella no sale de casa más que para ir al baño, que por cierto es excelente pretexto para salir cuando quiere.
Son las mujeres en general dóciles y buenas para sus maridos, porque éstos están autorizados para divorciarlas con cualquier pretexto-
Créese en Europa que son muy celosos, mas yo pienso que más que celosos son desconfiados. Donde no hay amor, los celos no existen y aquí la mujer se considera como un instrumento doméstico. El amor, tal como se conoce en Europa, es casi desconocido aquí; en Europa el verdadero amor es todo alma, aquí es todo cuerpo. En Europa, el enamorado pasará mil veces ante la ventana de su dama dando vuelta al bastón y arreglándose con elegancia la corbata no más que para obtener una sonrisa, anuncio del matrimonio: el galán habrá capturado moralmente a su futura esposa.
Es desagradable encontrar a las marroquíes en las ciudades envueltas desde la cabeza hasta los pies en una especie de sudario que les da apariencia de fantasmas. Las que tienen hijos los llevan a la espalda como una mochila, bajo el manto, a riesgo de asfixiarlos. De aquí que parezcan jorobadas. si una mujer marchara aquí con el aire de una andaluza o la coquetería de una parisina, se la tomaría por una loca.
Entre las que yo he visto no he encontrado grandes hermosuras; la generalidad son morenas; se pintan los ojos y se hacen dibujos en los brazos y en las piernas con una pasta de kohol o antimonio, y se tiñen de rojo las plantas de las manos y de los pies con una planta llamada henna. El kohol, hábilmente puesto en las cejas y pestañas, presta brillo a los ojos, pero la henna no sirve más que para hacerlas desagradables. Hay hombres que hacen también uso del kohol.
Pocas mujeres saben leer; todo lo que se les enseña es a conocer el manejo de la casa.
De Viajes por Marruecos, de Joaquín Gatell (El Caíd Ismail). Miraguano Ediciones. p 251
Quadern de viatges, textos breus, impressions de llocs, records, literatura de viatges i grans viatgers.
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Fes. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Fes. Mostrar tots els missatges
diumenge, 16 de març del 2014
Arribada a Fes de Joaquín Gatell (El Caíd Ismail)
En Fez
El domingo 5 de mayo a mediodía, desde lo alto de una colina, descubrimos la pintoresca ciudad de Fez, encajonada en un estrecho valle dominado por dos fuentes. El campamento moro situado en una llanura al oeste de la ciudad aumentaba el atractivo del panorama. Un estrecho río serpenteaba por esa llanura y penetraba en la población. Mucha agua, huertas y jardines, animación y vida. Fez es sin duda alguna la población más industriosa del Imperio.
El domingo 5 de mayo a mediodía, desde lo alto de una colina, descubrimos la pintoresca ciudad de Fez, encajonada en un estrecho valle dominado por dos fuentes. El campamento moro situado en una llanura al oeste de la ciudad aumentaba el atractivo del panorama. Un estrecho río serpenteaba por esa llanura y penetraba en la población. Mucha agua, huertas y jardines, animación y vida. Fez es sin duda alguna la población más industriosa del Imperio.
Antes de penetrar en la ciudad pasé por el campamento moro. Aquí me encontré con una joven de notable hermosura que estaba en alegres coloquios y bromeando con los soldados. Al verme pasar me llamó con el nombre de juya (“hermanito”). Como estaba con la cara descubierta, contra las costumbres del país, me figuré que sería judía, y se lo pregunté. Ella recibió esta pregunta como un insulto, se amostazó y yo continué mi camino.
De Viajes por Marruecos, de Joaquín Gatell (El Caíd Ismail). Miraguano Ediciones. p. 224
De Viajes por Marruecos, de Joaquín Gatell (El Caíd Ismail). Miraguano Ediciones. p. 224
Etiquetes de comentaris:
Fes,
Grans viatgers,
Lectures,
Marroc
dimarts, 11 de març del 2014
El viatge al Marroc de Jean Potocki
| Jean Potocki, per Alexander G. Warneck |
Viaje al Imperio de Marruecos realizado en el año 1791
2 de julio
Me desperté viendo Tetuán. Esta ciudad está situada a una legua del mar, en un paraje en el que la cadena del pequeño Atlas se abre y deja ver valles más risueños. Aquella lejanía estaba iluminada mientras que las montañas bordean la costa, aún en sombras, ofrecían un aspecto más sombrío y salvaje. ¿Es todavía una ralación lo que escribo? No, pero cedo al sentimiento expansivo que experimentan los viajeros; y como escribiera un clásico: “No se querría ver el más bello paisaje del mundo si no hubiera nadie a quien decirle, mira que bello paisaje”. Si alguna vez publico este diario, será porque habré cedido a ese mismo sentimiento. Además, soy el primer extranjero que ha venido a este país bajo la simple condición de viajero. Y bajo este t´tulo al menos, mi viaje no estará por entero desprovisto de interés.
8 de julio
He recorrido la Caisseria que es lo que en Levante se llamaría un bazar y que me ha parecido una población comercial de tercer orden. Pero hay que tener en cuenta que los mercaderes tienen aquí la costumbre de extender solamente las muestras de las mercancías, las cuales guardan en almacenes en mayor cantidad. He admirado largamente las telas de fez y aun cuando no hubiera ningún otro monumento de las antiguas Dinastías que han reinado en esta parte de África que las artes que les han sobrevivido, no podría dudarse de que estas eran my florecientes. También he visto las famosas curtidurías que han motivado el nombre de marroquinería para los cueros teñidos. Los bordados, igualan a los de Constantinopla.
He visto en este mercado a los pregoneros que proponen las mercancías que quieren vender por el sistema de puja. Es una costumbre árabe que hay que conocer para comprender una infinidad de pasajes de Las mil y una noches.
23 de julio
en Tánger
El balcón en donde estoy escribiendo, estaba adornado no hace mucho con tres cabezas pertenecientes a los principales personajes de la ciudad, así como con la mano de Ben´-El-Arby-Effendy, el primer ministro del fallecido Emperador. He tratado de averiguar las circunstancias de esas desavenencias con España, pero aquí cuando se intentan recoger noticias no se alcanza a recoger más que las llamas de la crítica y hay que disponer de mucho tiempo para poder ver un poco claro y aún así se corre el peligro de escribir muchos errores.
7 de agosto
en Rabat
Muley Jessid tiene ya un considerable número de mujeres y durante su estancia en Fez casó con todas las jóvenes que tenían alguna reputación por su belleza. Pero su serrallo no estaba tan en orden como lo estuviera el de su padre. Las esposas legítimas tienen que compartir entre varias la misma habitación y no siempre tienen con qué vivir. Con frecuencia también, son regaladas como simples esclavas. En general, la que bebe mejor tiene preferencia y en este momento es una jerife descendiente del profeta la que disfruta de ese privilegio. El autor de la memoria se extiende aquí acerca de algunas orgías que tuvieron lugar últimamente en el serrallo de Mequinez. Creo obligado suprimirlas, observando solamente que dichos desórdenes han influido en las costumbres. se asegura que Fez y Mequinez están llenas de mujeres públicas; que al no recibir su paga los militares, sus mujeres ejercen casi todas ellas está profesión. Por último, las bebidas son vendidas públicamente.
14 de agosto
en Larache
Hemos recibido la visita del jefe de los eunucos. Es un desagradable negro perteneciente a una de las más repelentes variedades que existan de la especie negra y que une a esta fealdad, la deformidad específica de los seres de su clase. La flauta de Mercurio hubiera estado de más para dormir a este Argos, porque se encontraba tan bebido que no podía sostenerse sobre las piernas. Alguien le preguntó cómo se las arreglaría si era llamado por el Emperador encontrándose en aquel estado. Respondió que la presencia de tal señor les despejaba inmediatamente. Al marcharse quiso demostrarnos que sabía manejar a su montura y largándole un sablazo a un perro que pasaba, fue a caer cuan largo era sobre el pavimento. Tal es en la actualidad el tono de esta Corte. pero los buenos musulmanes se duelen y es imposible que esto dure.
6 de septiembre
Termino aquí la relación de un viaje que no he contemplado como una empresa de la que debía derivarse muchos conocimientos, sino más bien como una gira de placer, un paseo por otra parte del mundo, un cambio de paisaje, de cielo y de naturaleza, un proyecto de escuchar el silencio de los desiertos, las orillas agitadas del mar y de llevar mi pensamiento hasta los monumentos de antiguas ensoñaciones. No hacer nada es una ocupación tan dulce que está permitido tratar de variarla y hacerla más agradable aún. Porque los desiertos y su silencio, el mar y sus olas bramantes, la calma y las tempestades, los temporales y sus silbidos agudos, los paisajes y la naturaleza, son los verdaderos dominios del soñador solitario.
De Viaje al Imperio de Marruecos, de Jean Potocki.Traducción y epílogo de José Luis Vigil. Editorial Laertes.
Jean Potocki
El conte Jean Nepomucen Potocki de Piława, neix el 1761 i se suicida amb una bala de plata el 1815. Especialment conegut per El manuscrit trobat a Saragossa. El traductor José Luís Vigil el defineix així:
“Etnógrafo y viajero, historiador y erudito, científico y divulgador, narrador y dramaturgo, políglota y moralista, militar y político, la complejidad y riqueza de su personalidad quedaron reflejadas en las diversas obras que habrían de contribuir decisivamente al desarrollo intelectual y científico de Polonia.
[…]
Modélico diario de viaje, su capacidad de observación y de análisis unidas a su amplia cultura, le permiten plantear todos los temas e introducir todas las anécdotas con la sobria elegancia de una prosa de la que el siglo XVIII sigue poseyendo el secreto.”
Meknès, segons Alí Bei
Meknès està situat a poca altura; una triple línia de muralles forma el seu recinte, capaç per contenir, a més de la població , un exèrcit nombrós . Aquestes muralles tenen quinze peus d’alt i tres de gruix, amb algunes obertures o espitlleres convenientment distribuïdes. La ciutat, vista de dalt estant del camí, ofereix una perspectiva molt bella, amb les seves torres i tota voltada d’un amfiteatre d’hortes i oliveres. El dia es va presentar carregat de núvols i va plovinejar una mica.
[Alí Bei arriba a Meknès l'1 de novembre de 1803]
De Viatges d’Alí Bei. Traducció de Cèsar-August Jordana. Llibres de l’Índex. p. 102
[Alí Bei arriba a Meknès l'1 de novembre de 1803]
De Viatges d’Alí Bei. Traducció de Cèsar-August Jordana. Llibres de l’Índex. p. 102
dilluns, 10 de març del 2014
Mulay Ismail, segons John Windus i Edith Wharton
John Windus, el inglés que acompañó al comodoro Stewart en su embajada a Meknes en 1721, vio los palacios imperiales y a su constructor con sus propios ojos y los describió con la vivacidad de un extranjero impactado por cada uno de los contrastes que encontraba.
Mulay Ismail, contaba entonces alrededor de ochenta y siete años, y era “un hombre de estatura media, con un rostro que se veía que había sido agraciado, sin ningún rasgo negro aunque su madre era de color. Tiene la nariz alta, bastante larga, descendiendo desde las cejas y fina. Ha perdido todos sus dientes y respira con dificultad, como si tuviera problemas en los pulmones, tose y escupe muy a menudo, y sus escupidas nunca llegan hasta el suelo, ya que siempre hay hombre preparados pasea recibirlas con los pañuelos. Tiene una barba fina y muy blanca, sus ojos dan la impresión de haber sido chispeantes, pero su vigor decayó con la edad, y sus mejillas están muy hundidas”.
Éste era el aspecto de este hombre extraordinario, que engañó, torturó, traicionó, asesinó, aterrorizó y se burló de sus esclavos, de sus súbditos, de sus mujeres y niños y de sus ministros como cualquier otro déspota árabe medio salvaje, pero a pesar de todo consiguió, durante todo su largo reinado, conservar un imperio bárbaro, vigilar el desierto y, al menos, dar una apariencia de prosperidad y seguridad donde anteriormente todo era caos.
D’En Marruecos, d’Edith Wharton. Traducción de Mariano Peyrou. Editorial Pre-Textos. p. 69
Mulay Ismail, contaba entonces alrededor de ochenta y siete años, y era “un hombre de estatura media, con un rostro que se veía que había sido agraciado, sin ningún rasgo negro aunque su madre era de color. Tiene la nariz alta, bastante larga, descendiendo desde las cejas y fina. Ha perdido todos sus dientes y respira con dificultad, como si tuviera problemas en los pulmones, tose y escupe muy a menudo, y sus escupidas nunca llegan hasta el suelo, ya que siempre hay hombre preparados pasea recibirlas con los pañuelos. Tiene una barba fina y muy blanca, sus ojos dan la impresión de haber sido chispeantes, pero su vigor decayó con la edad, y sus mejillas están muy hundidas”.
Éste era el aspecto de este hombre extraordinario, que engañó, torturó, traicionó, asesinó, aterrorizó y se burló de sus esclavos, de sus súbditos, de sus mujeres y niños y de sus ministros como cualquier otro déspota árabe medio salvaje, pero a pesar de todo consiguió, durante todo su largo reinado, conservar un imperio bárbaro, vigilar el desierto y, al menos, dar una apariencia de prosperidad y seguridad donde anteriormente todo era caos.
D’En Marruecos, d’Edith Wharton. Traducción de Mariano Peyrou. Editorial Pre-Textos. p. 69
Meknès, segons Edith Wharton
Meknes fue construida por el sultan Mulay Ismail en torno al núcleo de una ciudad pequeña cuyo emplazamiento resultaba de su agrado; justo en esa época, Luis XIV creaba Versalles. El hecho de que dos autócratas contemporáneos coincidan en la construcción de ciudades a partir de la nada ha sido la causa de que algunas personas a quienes interesan las analogías hayan descrito Meknes como el Versalles de Marruecos: un epíteto que es tan instructivo como sería decir de Fidias que era el Benvenuto Cellini de Grecia.
[…]
y , por fin, ahí estaba. Tras cruzar otra gran puerta, pasando bajo un arco enjoyado y resplandeciente, de color azul turquesa y verde, llegamos a otro espacio vació rodeadode murallas de arcilla roja. Una tercera puerta llevaba a una vacuidad aún más vasta, al fondo de la cual se elevaba una colosal ruina roja, algo parecido a los niveles más bajos de un anfiteatro romano que se extendiera infinitamente en lugar de formar un círculo, o una serie de acueductos romanos construidos cada uno al lado del otro y conectados en una única estructura. Bajo esta ruina indescriptible, la árida tierra bajaba en una pendiente hasta un lago artificial que sin duda era el que el sultán había hecho construir para dar sus paseos en barca. Y más allá de él, la tierra roja seguía extendiéndose hacia más murallas y puertas, que dejaban entrever palacios abandonados y enormes torres de ángulo a punto de desmoronarse.
La inmensidad, el silencio y la catastrófica desolación del lugar eran más impresionantes debido a que los edificios se habían construido en fechas relativamente recientes. Del mismo modo en que Mulay Ismail había tratado a Volubilis, el paso del tiempo había tratado a su Meknes. Y la destrucción infligida sobre las sólidas murallas de la ciudad romana, para la que se había necesitado a miles de esclavos controlados por el látigo, aquí la habían llevado a cabo rápidamente el olvido y el abandono. [...] Pero de qué son (las ruinas), eso nadie lo sabe. A pesar del texto de Ezziani (escrito cuando el lugar ya estaba parcialmente destruido), los arqueólogos no se ponen de acuerdo con respecto a la función de la cripta de arcilla entre el rosa y el rojo cuyas veinte filas de gigantescos arcos se asemejan tanto a un grupo de acueductos romanos alineados. ¿Serían éstos los graneros abovedados, o los depósitos subterráneos que había bajo los cinco kilómetros de establos que alojaban a los mil doscientos caballos? Los establos, en cualquier caso, estaban sin duda cerca de este punto, ya que el lago linda con las ruinas, como en la descripción del cronista. Y entre él y el antigui Meknes, detrás de las murallas que hay dentro de las murallas, yace todo lo que queda de los cincuenta palacios con sus cúpulas, jardines, mezquitas y baños.
D’En Marruecos, d’Edith Wharton. Traducción de Mariano Peyrou. Editorial Pre-Textos. p. 60
[…]
y , por fin, ahí estaba. Tras cruzar otra gran puerta, pasando bajo un arco enjoyado y resplandeciente, de color azul turquesa y verde, llegamos a otro espacio vació rodeadode murallas de arcilla roja. Una tercera puerta llevaba a una vacuidad aún más vasta, al fondo de la cual se elevaba una colosal ruina roja, algo parecido a los niveles más bajos de un anfiteatro romano que se extendiera infinitamente en lugar de formar un círculo, o una serie de acueductos romanos construidos cada uno al lado del otro y conectados en una única estructura. Bajo esta ruina indescriptible, la árida tierra bajaba en una pendiente hasta un lago artificial que sin duda era el que el sultán había hecho construir para dar sus paseos en barca. Y más allá de él, la tierra roja seguía extendiéndose hacia más murallas y puertas, que dejaban entrever palacios abandonados y enormes torres de ángulo a punto de desmoronarse.
La inmensidad, el silencio y la catastrófica desolación del lugar eran más impresionantes debido a que los edificios se habían construido en fechas relativamente recientes. Del mismo modo en que Mulay Ismail había tratado a Volubilis, el paso del tiempo había tratado a su Meknes. Y la destrucción infligida sobre las sólidas murallas de la ciudad romana, para la que se había necesitado a miles de esclavos controlados por el látigo, aquí la habían llevado a cabo rápidamente el olvido y el abandono. [...] Pero de qué son (las ruinas), eso nadie lo sabe. A pesar del texto de Ezziani (escrito cuando el lugar ya estaba parcialmente destruido), los arqueólogos no se ponen de acuerdo con respecto a la función de la cripta de arcilla entre el rosa y el rojo cuyas veinte filas de gigantescos arcos se asemejan tanto a un grupo de acueductos romanos alineados. ¿Serían éstos los graneros abovedados, o los depósitos subterráneos que había bajo los cinco kilómetros de establos que alojaban a los mil doscientos caballos? Los establos, en cualquier caso, estaban sin duda cerca de este punto, ya que el lago linda con las ruinas, como en la descripción del cronista. Y entre él y el antigui Meknes, detrás de las murallas que hay dentro de las murallas, yace todo lo que queda de los cincuenta palacios con sus cúpulas, jardines, mezquitas y baños.
D’En Marruecos, d’Edith Wharton. Traducción de Mariano Peyrou. Editorial Pre-Textos. p. 60
divendres, 7 de març del 2014
Una nit a Fes
A Dar Lalla Bouchra l’habitació és freda, l’aparell d’aire calent fa soroll i triga a escalfar-la. En un dels angles dos sofàs amb coixins i mantes, en un extrem un llit amb dosser de setí platejat i blau que tapa gairebé tot un pany de paret. Al costat del llit un moble paraigüer amb mirall. En una tauleta un aparell antic de televisió amb un parell de vídeos connectats; sóc incapaç d’engegar-lo. Un llit gran que encara és massa petit. Al mig de la nit sents el soroll de la pluja sobre la claraboia del pati. Una música irregular. A la casa tot és silenci.
Etiquetes de comentaris:
Fes,
Marroc,
Nits a la terra,
Quadern
dimarts, 4 de març del 2014
Mulay Idris, segons Edith Wharton
Inmediatamente, en las altas ventanas de las casas llenas de misterio distinguimos unas cabeza cubiertas con velos, y unos ojos que, mirándonos de soslayo, nos inspeccionaban con cautela. Pero el barrio estaba desierto y seguimos caminando, sin cruzarnos con nadie, hasta la calle de los Tejedores, un estrecho y silencioso pasadizo que discurre entre unos nichos encalados de poca altura que se parecen a los cubículos de un convento. En cada nicho había sentado un joven con aire muy grave y ataviado con una túnica blanca, haciendo con paja prietamente trenzada un enorme cesto con forma de ánfora para meter cereales. Las hojas de parra y los zarcillos, colgaban del techo de caña que había sobre sus cabezas , y las clásicas sombras de los racimos de uva caían a nuestros pies. Era como caminar por una vasija etrusca de color blanco adornada con guirnaldas de vides negras.
D’En Marruecos, d’Edith Wharton. Traducción de Mariano Peyrou. Editorial Pre-Textos. p.52
Fes, segons Edith Wharton
Edith Wharton nascuda a Nova York el 1862 va viure la major part de la seva vida a França. Va escriure més de quaranta llibres de tots els gèneres. En Marruecos explica el seu viatge pel país durant la primera guerra mundial. Viatge en un jeep militar des de la costa atlántica fins al Alt Atlas, i ens deixa les seves impressions de Rabat, Mulay Idriss, Fes i Marraqueix, entre d'altres. Tot el llbre és interessant, però els textosl dedicats a Fes t'ajuden amb les seves descripcions i imatges a submergir-te entre els seus carrers.
FEZ
La primera imagen
Fez, la de las muchas murallas, se elevó ante nosotros desde la llanura al final del día. […]
Al aproximarse a ella de esta manera, la ciudad sólo ofrece a la vista una larga línea de murallas y fortificaciones que se confunden con la planicie de color pardo rojizo y se enmarcan entre unas áridas montañas. No se ve ni una sola casa extramuros, excepto, a una imponente distancia, las pocas y discretas edificaciones de la colonia europea; y no hay ni una sola aldea que rompa la desolación del paisaje.
[...]
Fez, de hecho, es la ciudad más antigua de Marruecos sin un pasado romano o fenicio, y ha conservado más huellas que ninguna otra de la época de su florecimiento arquitectónico; en cualquie caso, sería más cierto decir de ella, ya que su forma aparentemente inmutable está desmoronándose todo el tiempo y todo el tiempo renovándose a partir de su antiguo trazado.
[...]
"Polvo eres y en polvo te convertirás"; éste devbería de haber sido el lema de los constructores de palacios marroquíes.
Fez cuenta con un antiguo edificio secular, una bella fondak del siglo XV; pero en Marruecos, como norma general solamente las mezquitas y las tumbas de los santos se protegen y conservan -y sin demasido interés- e incluso los sólidos edificios de piedra de los almohades han sido descuidados y están en un estado ruinoso, como en Chella y en Rabat.
[...]
Las distancias en Fez son tan grandes, y las calles tan estrechas, y en determinados barrios están tan atestadas de gente, que todo el mundo, salvo los santos o la gente de clase más humilde, va a lomos de mula.
Por la tarde, por consiguiente, las mulas rosadas aparecieron de nuevo, y nos pusimos en marcha havia la larga calle, semejante a un túnel, que baja la colina y conduce hasta Fez Al Bali.
[...]
Fez es sombría, y los bazares apiñados en torno a sus santuarios más sagrados forman el más sombrío de sus barrios. Allí anochece temprano, y las lámparas de aceite titilan en los nichos de los mercaderes mientras la clara luz del día africano todavía cae sobre los jardines de la zona más alta de Fez. Este crepúsculo se suma al misterio de los souks, convirtiéndolos, a pesar de los ruidos profanos y de la muchedumbre y la suciedad, en una impactante aproximación a los lugares santos.
[...]
Sobre los bazares de Fez, suele leerse que han sido el mercado central del país durante siglos. Aquí se encuentran no sólo las sedas y la cerámica, las obras de los orfebres judíos, las armas y las guarniciones bordadas que se producen en la misma ciudad, sino también tafilete de Marrakech, alfombras, tapices y esteras de Rabat y Salé, cestas de hilo de Mulay Idriss, dagas de Souss y todo tipo de mercancias europeas que se venden en los mercados locales. Al mirar, sobre el mapa de Fez, el espacio que ocupan los bazares, al entrar en contacto con los enjambres de gente que los atraviesan desde el amanecer hasta el crepúsculo, uno se queda perplejo y decepcionado. Son menos "orientales" de lo que uno se había esperado, si "oriental" significa colorido y alegre.
[...]
La última visión
Está bien despedirse de Fez por la noche, y si se puede elegir, en una noche con luz de luna.
[...]
En todas partes se oye el agua, sea en forma de torrente ruidoso o de suave canto, y por encima de todos los muros llega el perfume e los jazmines y las rosas. A lo lejos, desde el purgatorio rojo y amurallado, suena el salvaje tum-tum de la bacanal de los negros; aquí todo es paz y fragancia. Un minarete se levanta entre los tejados como una palmera, y desde su balcón, una figura pequeña y blanca se inclina y deja caer una bendición sobre toda la belleza y toda la miseria.
D’En Marruecos, d’Edith Wharton. Traducción de Mariano Peyrou. Editorial Pre-Textos. p. 73
FEZ
La primera imagen
Fez, la de las muchas murallas, se elevó ante nosotros desde la llanura al final del día. […]
Al aproximarse a ella de esta manera, la ciudad sólo ofrece a la vista una larga línea de murallas y fortificaciones que se confunden con la planicie de color pardo rojizo y se enmarcan entre unas áridas montañas. No se ve ni una sola casa extramuros, excepto, a una imponente distancia, las pocas y discretas edificaciones de la colonia europea; y no hay ni una sola aldea que rompa la desolación del paisaje.
[...]
Fez, de hecho, es la ciudad más antigua de Marruecos sin un pasado romano o fenicio, y ha conservado más huellas que ninguna otra de la época de su florecimiento arquitectónico; en cualquie caso, sería más cierto decir de ella, ya que su forma aparentemente inmutable está desmoronándose todo el tiempo y todo el tiempo renovándose a partir de su antiguo trazado.
[...]
"Polvo eres y en polvo te convertirás"; éste devbería de haber sido el lema de los constructores de palacios marroquíes.
Fez cuenta con un antiguo edificio secular, una bella fondak del siglo XV; pero en Marruecos, como norma general solamente las mezquitas y las tumbas de los santos se protegen y conservan -y sin demasido interés- e incluso los sólidos edificios de piedra de los almohades han sido descuidados y están en un estado ruinoso, como en Chella y en Rabat.
[...]
Las distancias en Fez son tan grandes, y las calles tan estrechas, y en determinados barrios están tan atestadas de gente, que todo el mundo, salvo los santos o la gente de clase más humilde, va a lomos de mula.
Por la tarde, por consiguiente, las mulas rosadas aparecieron de nuevo, y nos pusimos en marcha havia la larga calle, semejante a un túnel, que baja la colina y conduce hasta Fez Al Bali.
[...]
Fez es sombría, y los bazares apiñados en torno a sus santuarios más sagrados forman el más sombrío de sus barrios. Allí anochece temprano, y las lámparas de aceite titilan en los nichos de los mercaderes mientras la clara luz del día africano todavía cae sobre los jardines de la zona más alta de Fez. Este crepúsculo se suma al misterio de los souks, convirtiéndolos, a pesar de los ruidos profanos y de la muchedumbre y la suciedad, en una impactante aproximación a los lugares santos.
[...]
Sobre los bazares de Fez, suele leerse que han sido el mercado central del país durante siglos. Aquí se encuentran no sólo las sedas y la cerámica, las obras de los orfebres judíos, las armas y las guarniciones bordadas que se producen en la misma ciudad, sino también tafilete de Marrakech, alfombras, tapices y esteras de Rabat y Salé, cestas de hilo de Mulay Idriss, dagas de Souss y todo tipo de mercancias europeas que se venden en los mercados locales. Al mirar, sobre el mapa de Fez, el espacio que ocupan los bazares, al entrar en contacto con los enjambres de gente que los atraviesan desde el amanecer hasta el crepúsculo, uno se queda perplejo y decepcionado. Son menos "orientales" de lo que uno se había esperado, si "oriental" significa colorido y alegre.
[...]
La última visión
Está bien despedirse de Fez por la noche, y si se puede elegir, en una noche con luz de luna.
[...]
En todas partes se oye el agua, sea en forma de torrente ruidoso o de suave canto, y por encima de todos los muros llega el perfume e los jazmines y las rosas. A lo lejos, desde el purgatorio rojo y amurallado, suena el salvaje tum-tum de la bacanal de los negros; aquí todo es paz y fragancia. Un minarete se levanta entre los tejados como una palmera, y desde su balcón, una figura pequeña y blanca se inclina y deja caer una bendición sobre toda la belleza y toda la miseria.
D’En Marruecos, d’Edith Wharton. Traducción de Mariano Peyrou. Editorial Pre-Textos. p. 73
dimecres, 12 de febrer del 2014
L’aeroport de Fes-Saïss, de Fes
El cel blau, uns núvols trencats, l'horitzó ben pla. Sembla que encara conservi una torre de control antiga al costat de les dependències. La terminal, nova; i al costat una ampliació de la terminal en construcció. A quinze quilòmetres de la ciutat, l'ambient vulgar i anodí de l'aeroport ignora la realitat que la medina conserva.
dimarts, 11 de febrer del 2014
Volubilis, segons Edith Wharton
Un día, antes de que saliera el sol, partimos de Rabat en dirección a las ruinas de la Antigua Ciudad romana de Volubilis. […]
A lo lejos, una franja de vegetación prometía sombra y agua y, por fin, contra un pálido grupo de olivos, nos enfrentamos a una visión que, en cualquier rincón del mundo, siempre produce la misma sensación de asombro: las ruinas de una ciudad romana.
Volubilis (llamada por los árabes el “Castillo delos Faraones”) es la única colonia romana de tamaño considerable que se ha descubierto, hasta la fecha, en Marruecos. Se alza sobre un saliente, al extremo del altiplano, dando la espalda a las montañas del Zerhoun. Al pie de la meseta, el terreno desciende de manera abrupta hasta un estrecho y verdoso valle, surcado por un río, donde abundan los huertos y jardines. En la parte más angosta del valle, donde las colinas vuelven a juntarse, la ciudad blanc a y cónica de Mulay Idriss, ciudad santa de Marruecos, se eleva contrastando poderosamente con un fondo boscoso.
Los dos dominios, por lo tanto se miran cara a cara por encima del valle: por un lado, las ruinas romanas sin vida, que representan un sistema, un orden y una concepción de lo social que todavía atraviesan nuestras instituciones modernas; por otro, la ciudad musulmana, intacta, más muerta y absorta en un pasado incomprensible que cualquier arquitrabe roto de una edificación griega o romana.
Volubilis parece haber tenido el tamaño y la riqueza de una gran guarnición militar, como la de Timgad, en Argelia, pero en el siglo XVII fue casi destruida por Mulay Ismail, el sultán de la Guardia Negra, que se fue llevando poco a poco sus monumentos para construir su nueva capital Meknes, que llegaría a ser una de las maravillas de su tiempo.
Por lo tanto, poco queda de Volubilis en lo relativo a monumentos importantes; solamente algunos fragmentos de la basílica de Antonio Pío, parte de un arco de triunfo erigido en honor de Caracalla y las columnas y arquitrabes caídos que son las huellas de Roma a lo largo y ancho del mundo. […]
D’En Marruecos, d’Edith Wharton. Traducción de Mariano Peyrou. Editorial Pre-Textos. p. 45
A lo lejos, una franja de vegetación prometía sombra y agua y, por fin, contra un pálido grupo de olivos, nos enfrentamos a una visión que, en cualquier rincón del mundo, siempre produce la misma sensación de asombro: las ruinas de una ciudad romana.
Volubilis (llamada por los árabes el “Castillo delos Faraones”) es la única colonia romana de tamaño considerable que se ha descubierto, hasta la fecha, en Marruecos. Se alza sobre un saliente, al extremo del altiplano, dando la espalda a las montañas del Zerhoun. Al pie de la meseta, el terreno desciende de manera abrupta hasta un estrecho y verdoso valle, surcado por un río, donde abundan los huertos y jardines. En la parte más angosta del valle, donde las colinas vuelven a juntarse, la ciudad blanc a y cónica de Mulay Idriss, ciudad santa de Marruecos, se eleva contrastando poderosamente con un fondo boscoso.
Los dos dominios, por lo tanto se miran cara a cara por encima del valle: por un lado, las ruinas romanas sin vida, que representan un sistema, un orden y una concepción de lo social que todavía atraviesan nuestras instituciones modernas; por otro, la ciudad musulmana, intacta, más muerta y absorta en un pasado incomprensible que cualquier arquitrabe roto de una edificación griega o romana.
Volubilis parece haber tenido el tamaño y la riqueza de una gran guarnición militar, como la de Timgad, en Argelia, pero en el siglo XVII fue casi destruida por Mulay Ismail, el sultán de la Guardia Negra, que se fue llevando poco a poco sus monumentos para construir su nueva capital Meknes, que llegaría a ser una de las maravillas de su tiempo.
Por lo tanto, poco queda de Volubilis en lo relativo a monumentos importantes; solamente algunos fragmentos de la basílica de Antonio Pío, parte de un arco de triunfo erigido en honor de Caracalla y las columnas y arquitrabes caídos que son las huellas de Roma a lo largo y ancho del mundo. […]
D’En Marruecos, d’Edith Wharton. Traducción de Mariano Peyrou. Editorial Pre-Textos. p. 45
Una tarda a Fes
En el petit cafè Safae de parets de miralls i amb aire afrancesat, al carrer Talua Kebira, veig perdre el Barça davant del València per dos a tres.
Al carrer del costat, ple de parades: llaunes, queviures diversos, verdures, carn, peix... A la parada d’aviram, pollastres i oques vives. El venedor agafa una gallina viva, la pesa en una balança de dos platets. L’agafa pel cap i li talla el coll. Tot molt net!
Al costat d’una botiga de babutxes i de gel·labes hi ha una entrada fosca; al fons de l’espai un forat il·luminat per les flames: un forn. Entre les ombres un home treu amb la pala de desenfornar pans plans que deixa a terra. És el forn del barri. Se sent l’olor de la llenya, dèbilment; però no fa olor de pa.
Davant de l’entrada d’un banc, un enllustrador de sabates i una parada de cargols bullits amb comí. I aquesta olor m’ha quedat dins del nas fins a la nit. Una bona reconversió per als bancs espanyols, parades més nostrades: castanyeres, xurrers, fruits secs...
Hi he passat per davant quatre cops i fins al cinquè no descobreixo, amagat en una cantonada, entre dos restaurants, un hamam.
Volubilis
Els camps dels voltant són verds. Silenci. Una mica de fum, lluny; el crit d’un ase. Uns ocells. Silenci. Les pedres et transmeten tranquil.litat. Per un moment penses en el paisatge de Sicília. No et pots estar de tocar les pedres i de tancar els ulls. Silenci.
dilluns, 10 de febrer del 2014
Quatre moments a Fes
A la matinada ha parat de ploure,
crida a l'oració,
el dia per davant.
Guirigall al mercat,
un tall net al coll,
tagín de pollastre.
Un moment de silenci,
travessa un ase,
retorn al passat.
Amunt i avall de la costa,
cargols amb comí,
tornem al riad.
diumenge, 4 de novembre del 2012
Fez segons René Caillié
Fez est la ville la plus belle que j’ai vue en Afrique ; je vais tâcher d’en donner un aperçu avec toute l’exactitude que la brièveté de mon séjour me permettra d’y apporter.
El-Fez, ainsi nommé par ses habitants, est désigné sur les cartes sous le nom de Fez : c’est une grande ville de l’empire de Maroc, dont elle était anciennement la capitale. …/… dans toutes les mosquées il y a des jets d’eau, et, dans plusieurs rues, des fontaines destinées à désaltérer les passants. On y remarque plusieurs moulins à eau pour moudre les grains. La ville doit avoir quatre milles de tour, autant que j’ai pu le juger en l’examinant du haut d’une montagne ; elle s’étend de l’est à l’ouest. Elle est entourée d’un double mur en brique, bien fait, ayant de distance en distance des pignons qui lui servent d’ornement ; il peut avoir douze à treize pieds d’élévation. On entre par une grande porte, d’une régularité de construction qui m’a étonné ; elle forme un arc de triomphe , sous lequel je vis établis beaucoup de marchands de comestibles.
…/…
Les rues son pavées, mais étroites, tortueuses, sombres, et de la plus grande malpropreté ; j’y ai vu, dans quelques endroits, des chiens et des chats morts depuis longtemps qui exhalaient une odeur infecte.
Ces rues ne sont que de longues galeries couvertes par des treilles ou de la maçonnerie, ce qui empêche l’air d’y circuler, concentre les mauvais odeurs, et rend la ville malsaine.
On fabrique a Fez des couvertures de laine et de la poudre à canon , il y a des ouvriers qui font les charrues et des pelles de bois pour travailler la terre ; on y voit encore des serruriers, couteliers, cordonniers, tailleurs, maçons, armuriers : les forgerons ferrent les chevaux.
…/…
Dans le plupart des quartiers, on trouve des boutiques garnies de toute sorte de den rées sèches et autres, comme pain, viande, beurre, pâtisserie, fruits et légumes. …/… Il se tient touts les jours un marché où un grand concours d’étrangers viennent de très loin vendre leurs denrées ; on y apporte du Tafilet beaucoup de dattes et de cuir tanné, les habitants des montagnes l’approvisionnent de miel et de cire. …/…
Il n’y a à Fez aucune espèce de monument curieux qui rappelle l’ancienne splendeur du pays et la magnificence des vainqueurs de l’Espagne. On y compte beaucoup de mosquées, qui toutes sont surmontées d’une tour carrée, d’environ cent pieds d’élévation, sur laquelle on arbore un pavillon blanc au moment de la prière.
René Caillié, Voyage à Tombouctou. François Maspero, París, 1979 (p.372)
El-Fez, ainsi nommé par ses habitants, est désigné sur les cartes sous le nom de Fez : c’est une grande ville de l’empire de Maroc, dont elle était anciennement la capitale. …/… dans toutes les mosquées il y a des jets d’eau, et, dans plusieurs rues, des fontaines destinées à désaltérer les passants. On y remarque plusieurs moulins à eau pour moudre les grains. La ville doit avoir quatre milles de tour, autant que j’ai pu le juger en l’examinant du haut d’une montagne ; elle s’étend de l’est à l’ouest. Elle est entourée d’un double mur en brique, bien fait, ayant de distance en distance des pignons qui lui servent d’ornement ; il peut avoir douze à treize pieds d’élévation. On entre par une grande porte, d’une régularité de construction qui m’a étonné ; elle forme un arc de triomphe , sous lequel je vis établis beaucoup de marchands de comestibles.
…/…
Les rues son pavées, mais étroites, tortueuses, sombres, et de la plus grande malpropreté ; j’y ai vu, dans quelques endroits, des chiens et des chats morts depuis longtemps qui exhalaient une odeur infecte.
Ces rues ne sont que de longues galeries couvertes par des treilles ou de la maçonnerie, ce qui empêche l’air d’y circuler, concentre les mauvais odeurs, et rend la ville malsaine.
On fabrique a Fez des couvertures de laine et de la poudre à canon , il y a des ouvriers qui font les charrues et des pelles de bois pour travailler la terre ; on y voit encore des serruriers, couteliers, cordonniers, tailleurs, maçons, armuriers : les forgerons ferrent les chevaux.
…/…
Dans le plupart des quartiers, on trouve des boutiques garnies de toute sorte de den rées sèches et autres, comme pain, viande, beurre, pâtisserie, fruits et légumes. …/… Il se tient touts les jours un marché où un grand concours d’étrangers viennent de très loin vendre leurs denrées ; on y apporte du Tafilet beaucoup de dattes et de cuir tanné, les habitants des montagnes l’approvisionnent de miel et de cire. …/…
Il n’y a à Fez aucune espèce de monument curieux qui rappelle l’ancienne splendeur du pays et la magnificence des vainqueurs de l’Espagne. On y compte beaucoup de mosquées, qui toutes sont surmontées d’une tour carrée, d’environ cent pieds d’élévation, sur laquelle on arbore un pavillon blanc au moment de la prière.
René Caillié, Voyage à Tombouctou. François Maspero, París, 1979 (p.372)
Etiquetes de comentaris:
Fes,
Grans viatgers,
Lectures,
Marroc
Subscriure's a:
Missatges (Atom)