El capítol d'on surt el text és el que porta per títol "Un agradable dia al País de les Formigues", i porta la data de 20 de setembre de 186-.
"Estas reflexiones, filosóficas puesto que la buena gastronomía es la más genuina filosofía, dimanan de los recuerdos del almuerzo de aquel día. Los naturales de Accra son unos cocineros excepcionales; pero, como suele pasar entre las razas rústicas, los hombres que en la civilización alcanzan unos grados de exquisitez a los cuales jamás puede aspirar el sexo más modesto, son aquí claramente inferiores a sus parejas. Las mejores cuisinières son, desde luego, las de alta cuna, y en sus dominios madame puede dirigir las acciones de sus jóvenes esclavas sin ponerse en un compromiso, como sucedería en una cocina inglesa, donde encontramos a la señora A… con los brazos en jarras, vigilando el asado y no tolerando luminares rivales en su firmamento.
Procedo a nombrar y describir las cualidades de los platos a los que prestamos una atención particular, si bien su composición es lo bastante compleja y gustosa como para desconcertar a una dama que escriba recetarios. Kankie es el pan nativo; la harina, al principio no muy distinta al yaller male del País de las Patatas, se debe manipular para que adquiera un blanco níveo: tras múltiples y complicadas operaciones -remojar el grano, moler, descascarar, triturar y guardar hasta el momento oportuno-, la hierven o tuestan y la envuelven en hojas de plátano. Es tan superior a la masa agria, pardusca y apelotonada con sabor a suero de leche -al igual que el vino aquejado de mildíu- utilizada por los europeos en esta costa y mal llamada “pan”, como un panecillo parisiense a la hogaza de cuarto londinense.
El fufu se compone de ñame, llantén o mandioca; lo pelan, hierven, machacan y forman unas bolas que ejercen las funciones de las patatas europeas, sólo que son mucho más apetitosas que el vil tubérculo, el cual ha “patatificado” al menos a una nación, y que un hombre de gustos refinados nunca se digna mirar a no ser concienzudamente disfrazado bajo una salsa maître d’hôtel.
Había también pasteles, aderezados con el aceite virgen de la nuez de coco, pero tenían un defecto: su excesiva riqueza. En revanche, el pescado y los estofados eran admirables; el primero constituye el alimento básico de la costa, y los residentes avezados viven de él. El kinnau es un pescado abierto, limpiado, estofado con una majada de pimiento verde y frito en aceite de palma. El aceite que se usa en estos menesteres debe ser recién elaborado y purificarse escrupulosamente con ebulliciones sucesivas, hasta eliminar el agua y la fibra; la señal de que está a punto es una ligera tonalidad amarilla transparente que reemplaza al usual color de cromo.
La “salsa contenciosa” es un panaché de verduras, hibisco, berenjena, tomate y pimiento, hervidas conjuntamente, con o sin pollo o pescado. El “revuelto al aceite de palma” es el curry de la costa occidental, aunque carece del delicado aroma que da la cúrcuma y deja en la boca una sombra de aspereza. Pasado un tiempo a los europeos empieza a gustarles, y hay muchos que al regresar se llevan consigo a Europa las materias primas. Además del aceite de palma, consta de ternera o ave troceada, ñame hervido, pimientos picantes y otros ingredientes menores. Yo siempre lo prefiero con arroz; no obstante, lo que impera es el pimiento.
La mejor y única bebida racional para regar este “revuelto” es el vino de palma, pero rara vez se consigue dulce, y durante la digestión se mezcla muy mal con todos los otros licores fermentados. Le sigue el clarete, mas en ningún caso el borgoña, que avivaría un aroma quizá ya demasiado fuerte. Y recomiendo al joven novicio que concluya su “revuelto al aceite de palma”, sobre todo cuando lo deguste en una casa nativa, con un petit verre.
El ultimo plato que mencionaré -y que invade el paladar reminiscente de una deliciosa humedad- es el kickie, una intricada receta de pescado o pollo finamente picado e intensamente condimentado; lo sirven en unas marmitas hechas en Accra de tierra porosa negra, donde la pimienta cala tan hondo que al cabo de unos meses enciende aún su contenido. Posee la gran ventaja, como el pepper-pot de las Indias Occidentales, de que siempre aparece en la mesa recién salido del fuego."
De: Vagabundos por el Oeste de África. III El país de las hormigas, de Richard F. Burton. Traducción de Marta Pérz Sánchez. Editorial Laertes. p.46

















