Aquellos días pudieron verse a gusto todas las gentiles damas de Roma:
pues en Italia no se enmascaran como en Francia y se muestran totalmente al
descubierto. En cuanto a la belleza perfecta y singular, no hay, decía más que
en Francia, y, salvo en tres o cuatro, no encontraba allí ninguna excelencia;
pero en general son más agradables y no se ven tantas feas como en Francia. La
cabeza la llevan acicalada con mucha más gracia, así como la parte del cuerpo
situada por debajo de la cintura. El cuerpo está mejor en Francia: pues aquí
llevan la cintura demasiado suelta, como nuestras mujeres embarazadas, y su
apariencia tiene más majestuosidad, suavidad y dulzura. No hay comparación
posible entre la riqueza de sus vestidos y los nuestros: los suyos están llenos
de perlas y de pedrería. En todos los lugares donde se dejan ver en público,
sea en un carruaje, en una fiesta o en el teatro, están separadas de los
hombres: sin embargo existen danzas enlazadas bastante libres, en las que hay
ocasiones de charlar y tocarles la mano.
A: Diario de viaje a Italia por Suiza y Alemania en 1580 y 1581, de Michel de Montaigne. Edició i Traducció de Santiago R. Santerbás. Cátedra. Letras universales. p. 218
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