Los depositarios de todos los secretos de los espíritus, puesto que con ellos se comunican, son los feticheros o sacerdotes, hombres más listos que los demás y que poseen el arte de curar las enfermedades.
A un conocimiento profundo del corazón humano, reúne el fetichero el de saber la marcha y vicisitudes que se opera en cada familia y en cada pueblo. Distingue los malos de los buenos; no ignora quiénes son los desgraciados y tiene especial cuidado en no olvidar a los que por su riqueza, poder o posición pueden hacer temible venganza.
La vida del fetichero es una exploración constante del estado de los hombres y una lucha continua con los vegetales para estudiar en ellos y extraer los jugos de propiedades milagrosas.
Si en la mezcla de la savia de dos plantas hay cambio de color, movimiento molecular apreciable a la vista, aumento de temperatura, fermentación, etc., allí hay un fetiche. Aquel líquido hay que ensayarlo en el primer paciente, suceda lo que suceda. Si produce la muerte, el fetichero cuenta con un veneno más para quitar de en medio a los que molestan. En este caso, el enfermo no ha podido resistir a la acción del terrible hechizo que tenía en su cuerpo. pero, si sana, se debe a las propiedades milagrosas del nuevo medicamento.
El descubrimiento está hecho y constituye un secreto que sólo a otro fetichero puede ser revelado.
El fetichero representa el médium único capaz de entenderse con los espíritus y de profundizar sus designios. Para esto usa el procedimiento de los pases o se vale de cuernos, plantas y caracoles que encierran propiedades milagrosas.
Una escama del ujongo, pez comestible, el diente de una serpiente venenosa, el jugo colorado del vegetal y otra porción de objetos por el estilo constituyen la medicina de un fetiche, pero no adquieren propiedades mágicas hasta que el fetichero, por medio de una voluntad poderosa y reconcentrada en un momento de éxtasis, desarrolla el fluido milagroso que da valor al fetiche.
[…]
Entre el fetichismo verdadero en que el hombre ve a la divinidad en un ídolo toscamente labrado o en un caracol repleto de medicinas, al espiritismo de las tribus que pueblan el país del Muni, hay un abismo insondable. Estos pueblos saben más de lo que a primera vista parece y han prestado preferente atención al estudio de los fenómenos psicológicos.
Han descubierto el espíritu y algunas de sus facultades, han inventado un principio y un fin, una causa y un efecto y se han olvidado en cambio de la naturaleza y sus leyes, cuando precisamente están a punto de descubrir una verdad importantísima.
África. Un español en el golfo de Guinea, de Manuel Iradier. Las mil y unas voces, viajes y aventuras. Mondadori. p.244
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