"Cuando pienso en cómo me han engañado los libros de viajes al Oriente, me entran ganas de llorar. Durante años y años he soñado con las maravillas de los baños turcos; durante años y años me he prometido a mí mismo que disfrutaría de uno. […]
La realidad se parece tanto a eso como los Five Points al Jardín del Edén. Me recibieron en un gran patio, empedrado con losas de mármol; alrededor había amplias galerías, una sobre otra, alfombradas con cochambrosas esteras, limitadas por balaustradas sin pintar, y amuebladas con enormes sillas desvencijadas, cubiertas con viejos y deshechos colchones que mostraban las marcas dejadas por las formas de nueve generaciones seguidas de hombres que reposaron sobre ellos. Era un sitio grande, vacío, deprimente; su patio un establo, sus galerías cajones para caballos humanos. En la apariencia de los valets, cadavéricos y medio desnudos, que servían en el establecimiento nada había de poético, nada de romántico, nada de esplendor oriental. No desprendían aromas cautivadores: al contrario. Sus hambrientos ojos y sus lacias formas continuamente sugerían un hecho muy claro y nada sensiblero: querían lo que en California llaman “una buena manduca”.
Me metí en uno de los pesebres y me desnudé. Un sucio muerto de hambre se puso un llamativo mantel a modo de taparrabos y de mis hombros colgó un harapo blanco. Si hubiese dispuesto entonces de una bañera, lo más natural habría sido lavarme. Pero me condujeron escaleras abajo, al patio mojado y resbaladizo, y lo primero que llamó mi atención fueron mis talones. Mi caída no produjo comentario alguno. La esperaban, sin duda. Formaba parte de la lista de relajantes y sensuales influencias características de esa casa de lujo oriental. […] Sin embargo, aquello era lujo oriental, y yo hacía cuanto podía por disfrutarlo.
La realidad se parece tanto a eso como los Five Points al Jardín del Edén. Me recibieron en un gran patio, empedrado con losas de mármol; alrededor había amplias galerías, una sobre otra, alfombradas con cochambrosas esteras, limitadas por balaustradas sin pintar, y amuebladas con enormes sillas desvencijadas, cubiertas con viejos y deshechos colchones que mostraban las marcas dejadas por las formas de nueve generaciones seguidas de hombres que reposaron sobre ellos. Era un sitio grande, vacío, deprimente; su patio un establo, sus galerías cajones para caballos humanos. En la apariencia de los valets, cadavéricos y medio desnudos, que servían en el establecimiento nada había de poético, nada de romántico, nada de esplendor oriental. No desprendían aromas cautivadores: al contrario. Sus hambrientos ojos y sus lacias formas continuamente sugerían un hecho muy claro y nada sensiblero: querían lo que en California llaman “una buena manduca”.
Me metí en uno de los pesebres y me desnudé. Un sucio muerto de hambre se puso un llamativo mantel a modo de taparrabos y de mis hombros colgó un harapo blanco. Si hubiese dispuesto entonces de una bañera, lo más natural habría sido lavarme. Pero me condujeron escaleras abajo, al patio mojado y resbaladizo, y lo primero que llamó mi atención fueron mis talones. Mi caída no produjo comentario alguno. La esperaban, sin duda. Formaba parte de la lista de relajantes y sensuales influencias características de esa casa de lujo oriental. […] Sin embargo, aquello era lujo oriental, y yo hacía cuanto podía por disfrutarlo.
Me pusieron en otra zona del granero y me tumbaron sobre una especie de jergón mal ventilado, que no estaba hecho de tejido de oro, ni de chales persas, sino que simplemente era uno de esos chismes sin pretensiones que he visto en las habitaciones de los negros de Arkansas. No había nada más en aquella poco iluminada prisión de mármol, sólo otros cinco féretros como el mío. Era un lugar muy solemne. Pensé que, en cualquier momento, los aromas especiados de Arabia se adueñarían de mis sentidos, pero no fue así. Un esqueleto color cobre, cubierto con un harapo, me trajo un recipiente de cristal con agua, que encima llevaba una pipa de tabaco encendida y un tubo flexible que debía medir un metro, con una boquilla de latón.
Era el famoso narguile de Oriente: eso que el Gran Turco fuma en los cuadros. Aquello empezaba a recordar el lujo. Le di una calada y fue suficiente; el humo entró en masa hasta mi estómago, mis pulmones y hasta las partes más ocultas de mi esqueleto. Tosí una vez, y fue como si el Vesubio hubiese hecho erupción. Durante los cinco minutos siguientes, humeé por todos mis poros, como una casa que se está quemando por dentro. El narguile se había acabado para mí. […] Después de esto, cada vez que vea al Gran Turco fumando su narguile, en plena dicha, en el exterior de un envoltorio de tabaco de Connecticut, sabré que es un desvergonzado embustero.
La prisión estaba llena de aire caliente. Cuando me hube caldeado lo suficiente para aguantar una temperatura aún más cálida, me llevaron al sitio donde la había: una sala de mármol, húmeda, resbaladiza y llena de vapor, y me tumbaron sobre una plataforma elevada que había en el centro. Hacía mucho calor. Al poco, el que se encargaba de mí me hizo sentar junto a un tanque de agua caliente, me mojó bien mojado, se enfundó la mano con una manopla áspera, y empezó a sacarme brillo por todas partes. Yo comencé a oler de forma desagradable. Cuanto más frotaba él, peor olía yo. Resultaba alarmante. Le dije:
-Percibo que hace mucho que he muerto. Es evidente que deberían enterrarme sin más demora. Creo que será mejor que vaya usted a buscar a mis amigos enseguida, porque hace calor y no aguantaré mucho más.
Continuó frotando y no me hizo caso. Pronto me di cuenta de que estaba reduciendo mi tamaño. Apretaba fuerte con la manopla y, de debajo de ésta, salían una especie de cilindros, como macarrones. No podía ser roña, porque era muy blanca. Me peló de esa forma durante un buen rato. Al final, le dije:
-Se trata de un proceso aburrido. Le llevará horas recortarme hasta dejarme en el tamaño que desea; esperaré; vaya a pedir prestada una garlopa.
No me hizo ni caso.
Al cabo de un tiempo trajo una palangana, jabón y una cosa que parecía la cola de un caballo. Produjo una cantidad prodigiosa de espuma de jabón, me cubrió con ella de la cabeza a los pies, sin advertirme que cerrara los ojos, y luego me fregoteó despiadadamente con la cola de caballo. Después me dejó allí, cual estatua de blanca espuma, y se marchó. […]
Aquel gallinero vacío, sin adornos, no tenía nada de esa voluptuosidad oriental sobre la que tantas cosas leemos. Más que otra cosa parecía un hospital provincial. El delgaducho sirviente trajo un narguile, y yo le obligué a que se lo llevase de nuevo sin perder ni un segundo. Entonces trajo el mundialmente famoso café turco, al que los rapsodas han cantado con tanto entusiasmo durante generaciones, y me agarré a él como última esperanza de recuperar mis viejos sueños de lujo oriental. Otro fraude. De todas las bebidas indecentes que han pasado por mis labios, el café turco es la peor. La taza es pequeña y está embadurnada de posos; el café es negro, denso, de dudoso olor y de sabor execrable. En el fondo de la taza queda un sedimento turbio de más de un centímetro. Todo ello se cuela garganta abajo, algunos de esos posos se van quedando por el camino, y producen unas molestas cosquillas que obligan a ladrar y a toser durante una hora.
Y así terminó mi experiencia del tan famoso baño turco, y allí terminó también mi sueño de la felicidad que deleita al mortal que lo goza. Es una estafa de las peores. El hombre que de él disfruta, podrá disfrutar de cualquier cosa que resulte repulsiva a la vista o a cualquier otro sentido, y quien sea capaz de conferirle el encanto de la poesía, podrá hacer lo mismo con cualquier otra cosa de este mundo, por muy aburrida, miserable, deprimente y desagradable que sea."
A: Guía para viajeros inocentes, de Mark Twain. Versió de Susana Carral Martínez. Ediciones del Viento. 2009. p.347
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