La República no protegía tanto a las venecianas de otras clases. Las esposas e hijas de los burgueses siempre eran más libres y casi siempre mejor educadas. Las mujeres pobres vivian una vida de igualdad inquebrantable y, hoy día, las trabajadoras venecianas suelen ser jovialmente gregarias, como personajes de una comedia de Goldoni, que sueltan divertidas procacidades desde el otro lado del mostrador de Correos o cómodamente sentadas haciendo punto en el muelle. En la Venecia del siglo XVI, las cortesanas, además de famosas y respetadas, solían ser cultas y entendidas en arte y poesía (aunque la ley, en cierta época, decretó que tales muchachas debían llevar una luz roja en la proa de la góndola). En siglos anteriores, existió un burdel de renombre, el Casteletto, al final del puente de Rialto, famoso en toda Europa por la belleza y pericia de sus chicas. Más adelante, al principio del declive de Venecia, las prostitutas se convirtieron en cortesanas más acomodadas y respetables, traspasaron el confín de los burdeles y dieron a la ciudad una fama imperecedera de encanto y lascivia. Se dice que a finales del siglo XVI había en Venecia 2.889 damas patricias, 2.508 monjas y 1.936 mujeres burguesas; sin embargo, las cortesanas eran 11.654, de las que 210 figuran en una catálogo reunido por un animoso ciudadano de la época, junto con sus direcciones y tarifas respectivas (o, como especificó delicadamente el compilador, “la suma de dinero que los nobles u otros deseosos de conocer sus gracias debían aportar”). La tarifa inferior era de un scudo, la superior, de treinta, y en el catálogo se deduce que reunirlas a todas costaría al supuesto desaforado 1.200 scudi de oro.
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Actualmente, Venecia es una ciudad regenerada, sin vicios ni aberraciones públicas, donde todavía se guiña el ojo ante la idiosincrasia de los extranjeros, pero donde los hombres son hombres en general y las mujeres casi siempre se casan. El convento de las Penitentes, reservado a las prostitutas arrepentidas, cerró sus puertas hace mucho tiempo; se encuentra en el Canaregio, casi enfrente del matadero, y ofrecía un curso de reforma de cinco años a sus acogidas. Lo mismo ha sucedido con el hogar de las mujeres caídas, cerca de San Sebastiano, que fue fundado por la cortesana más famosa y culta, la poetisa y prostituta Verónica Franco*.
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Sin embargo, a pesar del reformismo, Venecia sigue siendo una ciudad con atractivo sexual, como han descubierto tantos foráneos embelesados. Es una ciudad de seducción. El sexo y la susceptibilidad están en el aire, por doquier en las dulces piedras amarillas del suelo, en la sombra de los patios, en la discreción de las silenciosas góndolas negras (que, a veces, como dijera Byron, “contienen dosis de diversión, como las carrozas fúnebres, una vez concluido el funeral”).
*He tornat a rellegir el llibre de Jan Morris i tenia especial interès per veure què deia de Verònica Franco; i aquesta és l'única referència que hi he trobat.
De: Venecia, de Jan Morris. Traducción de Concha Cardeñoso. RBA. 2022. p.76
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