"Ciertamente, en mi opinión, cuanto más bajo desciende uno en la jerarquía de la cocina veneciana, más fácil es comer a gusto, hasta que por fin, dando la espalda a la crêpe suzette de los hoteles y a la avaricia noble de los restaurantes importantes, se encuentra uno en cualquier trattoria de los muelles comiendo un buen pescado de la laguna, aunque no tenga nombre, guarnecido con cangrejos pequeños y regado con una jarra de áspero vino blanco, todo ello reforzado con una refulgente torta de polenta, el pan tibio de maíz de los venecianos que, acompañando a una anguila, trucha o ración de atún, es un plato digno del dux.
Vivir en Venecia es uno de los grandes placeres que puede depararnos este mundo. Sin embargo, aunque a veces he sido indescriptiblemente feliz allí y otras me he quedado aturdida de admiración o ahíta del interés, maravilla y variedad de todo ello, jamás me he sentido en absoluto banal. Las actitudes orientales de los venecianos se contagian. Más de una vez, al ver un alegre grupo de turistas pasar flotando por el Gran Canal, cantando al son de un acordeón , intercambiando chanzas de vacaciones y brindando por las respectivas fortunas con tazas de vino tinto, he considerado mis reacciones meticulosamente y me he sorprendido a mí misma calculando cuánto les devolverían por los cascos."
De: Venecia, de Jan Morris. Traducción de Concha Cardeñoso. RBA. 2022. p.261
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