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dissabte, 11 d’agost del 2012

La gent de Fondi, segons Charles Dickens

Tomad nota de Fondi, en nombre de todo lo deleznable y mísero.
¿Son gente ceñuda y de mejillas hundidas! Todos mendigos; pero eso no es nada. Fijaos en ellos cuando se acercan. Algunos son demasiado indolentes para bajar las escaleras, o tal vez sea que recelan juiciosamente y no se atreven a aventurarse por ellas, así que se limitan a tender las manos huesudas por las ventanas dando alaridos; otros acuden en tropel, peleándose, empujándose y pidiendo sin cesar limosna por amor de Dios, limosna por amor de la santísima Virgen, por amor de todos los santos. Un grupo de pobres niños casi desnudos que vociferan lo mismo descubren su reflejo en el barnizado del coche y se ponen a bailar y a hacer muecas para disfrutar viendo sus payasadas repetidas en el espejo. Un tonto tullido se fija de pronto en su réplica enfadada en el panel cuando intenta pegar a uno de ellos que ahoga su clamorosa petición, y se interrumpe, saca la lengua y empieza a mover la cabeza y a parlotear. El alarido que provoca eso despierta a media docena de criaturas salvajes envueltas en capas pardas harapientas que están en la escalinata de la iglesia con ollas y pucheros para vender. Se levantan, se acercan y claman con actitud desafiante:
-Tengo hambre. Dame algo. Escúchame, señor, ¡tengo hambre!
Una mujer cadavérica aparece entonces corriendo renqueante calle abajo como si temiera llegar tarde, tendiendo una mano y rascándose continuamente con la otra mientras grita mucho antes de que puedan oírla:
-¡Limosna, limosna! ¡si me das una limosna iré a rezar por ti ahora mismo, hermosa señora!
Por último, pasan apresuradamente los miembros de una cofradía que da sepultura a los difuntos: llevan máscaras horrendas y túnicas raídas, descoloridas en los bajos por las salpicaduras de muchos inviernos; les acompañan un sacerdote sucio y otro parecido que lleva la cruz. Salimos de Fondi rodeados de tan variopinta concurrencia, y seguidos por miradas feroces en la oscuridad de cada vivienda destartalada cual relumbrantes fragmentos de su putrefacción e inmundicia.

A: Estampas de Italia, de Charles Dickens. Traducció Ángela Pérez. Alba Editorial.

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