La muchedumbre congregada en la estación de El Cairo, la gente luchando por marcharse, esforzándose por conseguir un taxi o por subir a un autobús, empujando, regateando, robando billeteras, o simplemente de pie, con aspecto desesperado, era la peor, la más desenfrenada que vi en todo el Mediterráneo. Los taxistas eran los más codiciosos, con diferencia. No me sorprende que buena parte de los taxistas de Nueva York comenzaran su carrera en El Cairo, y, sin duda, muchos de los que estaban allí les siguieran los pasos muy pronto. Y no era simplemente que fueran avariciosos (después de todo, la avaricia se vuelve instintiva entre los pobres urbanos del tercer mundo, como una forma de supervivencia), sino que las transacciones más sencillas siempre se convertían en un tedioso regateo, en el cual al final uno siempre resultaba engañado.
-Quince dólares- me dijo un taxista cuando le expliqué adónde quería ir. Esto era nueve veces la tarifa normal. Además, me daba rabia el mero hecho de que me dijeran la tarifa en dólares en este país remoto.
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