Con una sacudida leve y muchos menos pasajeros a bordo, el tren se detuvo en la Estación Sur de Trieste. En cuanto bajé, me dio la impresión de que ya no estaba en Italia. Ya casi no parecía el Mediterráneo.
En otra época, Trieste era el noble puerto de Austria, y a mí me seguía pareciendo una especie de Viena mediterránea. La ciudad conservaba todavía los típicos edificios grises de los Habsburgo, que parecían todos la oficina central de una compañía de seguros (incluida la iglesia de San Antonio Taumaturgo), y subía desde el puerto en terrazas austeras y dificultosas. Las construcciones de Trieste tienen grandes fachadas planas. No es una ciudad de pisos ni suites, ni de casa particulares, ni de pequeñas viviendas de estuco en los barrios pobres. Nada de pollos, casi no hay gatos y todos los perros van sujetos con correa; como sus ciudades hermanas del norte de Europa, tiene la seriedad, la melancolía y la fragancia de las pastas pegajosas. Es la ciudad que aparece tan documentada en las novelas de Italo Svevo, como La conciencia de Zeno, el relato de un hombre que trata de dejar de fumar, y Senilidad, la historia de unos amores. James Joyce, que era amigo de Svevo, le decía que titulara este libro (“A medida que el hombre envejece”).
Joyce vivió en Trieste por temporadas durante alrededor de siete años y allí escribió la mayor parte del Ulises, dio clases de inglés y se enamoró de una de sus alumnas. Sir Richard Burton, uno de los más grandes viajeros del mundo, fue cónsul británico en Trieste hacia el final de su carrera y, mientras su esposa Isabel se preocupaba por el bienestar de los gatos vagabundos y los exhaustos burros triestinos, Burton se ocupaba de sus libros. También vivieron algún tiempo en Villa Opicina. A los Burton les gustaba tanto Trieste que al final colonizaron diecisiete habitaciones en uno de estos grandes bloques de pisos. Sir Richard los llenó de lanzas, espadas de esgrima, colecciones de pornografía e incunables; escribió una docena de libros, incluida su traducción de Las mil y una noches; y murió aquí, en Trieste.
Apenas unas horas de tren separaban la claridad incandescente de Venecia del gris lúgubre de Trieste aunque, por supuesto, estar en el Mediterráneo tenía mucho que ver con transiciones sorprendentes. De hecho, desde que llegué al Adriático, sentía curiosidad por mi paso siguiente, la continuación de mi viaje hasta Croacia. […] Trieste era un lugar seguro, pero también el más serio que había visto hasta entonces, y parecía estar preparándome para algo más deprimente.
[…]
Vi algunos [refugiados] al día siguiente: mendigos con carteles redactados con mucha cortesía y familias desorientadas, con bolsos y cajas, holgazaneando en el puerto. Después del capricho veneciano, ¡tanta sobriedad! Los propios triestinos eran más altos que los italianos que había visto, más pálidos y bastante lacónicos. era una ciudad llena de trajes, un lugar formal, con un aire de solidez y prosperidad.
James Joyce había sido el más enigmático de los refugiados, un exiliado literario en Trieste; se pasó la Primera Guerra Mundial sentado en un piso triestino, escribiendo su obra maestra sobre Dublín.
De Las columnas de Hércules. Un viaje en torno al mediterraneo de Paul Theroux. Biblioteca Grandes Voajes.
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