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dimarts, 2 de juliol del 2013

Cortesanes de Florència, segons Montaigne

Aquel día fui solo, por entretenimiento, a ver las mujeres que se dejan ver por quien quiere. Vi a las más famosas: nada de especial. Los alojamientos están reunidos en un barrio particular de la ciudad, y, al igual que dicho barrio, son despreciables, y además míseros, y no se parecen en nada a los de las putas romanas o venecianas: ni tampoco ellas mismas en belleza, gracia o dignidad. Si alguna quiere instalarse fuera de estos límites, es preciso que sea poco conocida y que ejerza algún oficio para disimular.
Vi las tiendas de los hiladores de seda, con ciertos instrumentos que haciéndolos girar una sola mujer, con un solo movimiento hacer torcer y girar quinientos husos.
El martes por la mañana expulsé una piedrecita roja.

[I  divendres continua]

Así como las putas romanas i venecianas se ponen en las ventanas para atraer a sus amantes, así estas en las puertas de sus casas, donde se muestran al público a horas convenientes; y allí se las ve, a unas con más y a otras con menos compañía, hablando y cantando en la calle, en corrillos.

A: Diario de viaje a Italia por Suiza y Alemania en 1580 y 1581, de Michel de Montaigne. Edició i Traducció de Santiago R. Santerbás. Cátedra. Letras universales. P. 322

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