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divendres, 5 de juliol del 2013

Personatge descrit per Montaigne

Montaigne sembla sentir-se fascinant per aquest home, un mercader que pateix diverses i insòlites malalties, que segueix les indicacions contradictòries dels metges i que coincideixen en uns banys seguint tractaments termals. Tot un  personatge digne de ser protagonista d’un conte.
 
"Vino a los baños en estos días un cremonés, mercader, que vive en Roma. Padecía de muchas enfermedades insólitas. Sin embargo, hablaba, andaba y, por lo que se veía, casi contento con la vida. La principal dolencia la tenía en la cabeza: por cuya debilidad decía que había perdido la memoria de tal modo que, cuando comía, nunca recordaba lo que le habían puesto antes en la mesa. Si salía de casa para ir a cualquier asunto , diez veces necesitaba volver a casa para preguntar a dónde tenía que ir. El Pater noster apenas lo podía terminar: al llegar al final volvía cien veces al principio, no percatándose nunca al final de que había terminado. Había estado sordo y ciego, y sufrido dolor de muelas. Sentía tanto calor en los riñones que necesitaba llevar siempre a su alrededor un pedazo de plomo. Vivía bajo las ordenes de los médicos con una observancia religiosísima desde hacía muchos años. Era divertido ver las distintas prescripciones de médicos de diversas partes de Italia, todas contrarias entre sí, especialmente en lo que se refería a estos baños y duchas: porque, de veinte consultas, no había dos que estuvieran de acuerdo, sino que se condenaban unas a otras y casi todas se acusaban mutuamente de homicidio. Padecía una extraña desgracia a causa de las ventosidades: y era que los flatos le salían con tanta fuerza por los oídos que la mayoría de las veces no le dejaban dormir. También cuando bostezaba sentía de pronto que le salían grandísimos vientos por los oídos. Decía que, para aliviar el vientre, el mejor remedio que tenía era meterse en la boca cuatro confites de cilantro un poco grandes, y luego, habiéndolos chupado y suavizado un poco, usarlos como supositorios; y que producían un efecto apreciable y rápido. Él fue el primero a quien vi con uno de esos grandes sombreros hechos de plumas de pavo real, cubiertos de tafetán ligero, el hueco de la cabeza de un palmo de altura, y grande; y en el interior, una cofia de ormesí a la medida del tamaño de la cabeza, para que no penetre el sol, y las alas, de alrededor de un pie y medio de anchura, a modo de nuestros parasoles, que, en verdad, son molestos de llevar yendo a caballo."

A: Diario de viaje a Italia por Suiza y Alemania en 1580 y 1581, de Michel de Montaigne. Edició i Traducció de Santiago R. Santerbás. Cátedra. Letras universales. p. 305

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