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A las 9.30 nueva parada: hemos llegado al brazo de río que conduce a Djenné. La propia ciudad se avista desde hace mucho, con tres agujas de su mezquita. Desembarazando de las demás chalanas, el remolcador, al que nos enganchan directamente, nos lleva a toda la velocidad hacia la ciudad, donde desembarcamos en medio de una muchedumbre de hombres, de niños, de mujeres y de muchachas que están lavando o lavándose.
Paseo hasta el mercado y visita de la mezquita, gigantesco caserón de adobe que se da aires de catedral. Antes de entrar, ofrenda de unas cuantas monedas, bajo una piedra, en un recinto reservado. En cuanto damos media vuelta, unos niños penetran en el recinto y roban la ofrenda. El interior del edificio está infestado de murciélagos. Subimos a la terraza que da acceso a los minaretes. Unas vasijas de barro recubren el orificio de cada una de las tomas de aire que comunican con la parte inferior. Al ver que una de ellas está rota, Griaule manda preguntar al muecín cuánto cuestan esas vasijas. “Diez céntimos.” “Yo le doy veinte.” Tan pronto recibe los veinte céntimos, el muecín hace notar que tres de esas vasijas están rotas, que por tanto le debemos un franco cincuenta.
Exploración de toda la ciudad, de calles estrechas y casas de fachadas soberbias pero miserables interiormente, vieja urbe seductora como “un decorado de teatro”, pero tan pobre como unos bastidores antiguos o como la última tienda de accesorios de un cafetucho de barrio…
Hacia la noche, el maestro francés nos indica que la mezquita es obra de un europeo, el antiguo administrador. Para realizar sus planes, ha destruido la mezquita vieja. A los indígenas les disgusta tanto el nuevo edificio que es preciso castigarles con la cárcel para que consientan en barrerlo. Con ocasión de ciertas fiestas, las plegarias se rezan en el emplazamiento del antiguo edificio. El colegio, la antigua residencia y muchos otros inmuebles han sido construidos, de manera análoga al estilo sudanés… ¡Menudo arte! No obstante, Djenné resulta muy agradable, en esta situación de lluvias que la transforma en isla. Dado que todo en ella está desvencijado y que sus notables, cuyas casas imagino que habrán estado antaño repletas de una muchedumbre de mujeres, visitantes y clientes, se han marchado, dejando que todo caiga en la ruina, ¿por qué en vez de practicar en ella el vandalismo metódico que inauguró ***Vinllet-le-Duc, no dejar que se pudra tranquila?
A: El África fantasmal, de Michel Leiris. Editorial Pre-textos. p.147
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