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dimarts, 8 d’octubre del 2013

Santa Isabel, segons Manuel Iradier
















A medida que nos acercábamos a la isla, apreciaba más sus encantadores detalles y, cuando al entrar en la bahía de Santa Isabel, importantísima por su extensión y bella por su aspecto, descubrimos la población, no pude contener un grito de entusiasmo al contemplar aquellas preciosas casitas blancas rodeadas de verdes palmeras, sobre las que ondeaba el pabellón de España, el mismo que se ha desplegado en todos los mares y continentes desconocidos.
En aquel momento se encontraban a mi lado el médico de a bordo y uno de los pilotos, y me confesaron no existir en toda la costa occidental de África un paisaje tan pintoresco como el de Fernando Poo.
-La isla española –me dijeron- es una medalla de oro y piedras preciosas, sostenida por una cima verde que la forma el litoral de las dos Guineas.
-Es una joya –les contesté- que ustedes han codiciado muchísimas veces.
-Y aún la codiciamos, pues bien sabe que hemos tratado de cambiarla por Gibraltar.
-Gibraltar ha sido, es y será plaza española que no puede cambiarse…
-pero puede venderse…
Lo único que se puede hacer es devolverla como se devuelve un objeto sustraído, es decir, del mismo modo que nos devolvieron ustedes esta isla que tenemos enfrente.
-Hoy no cometeríamos semejante tontería.
-Pues, señor mío, emplazo a usted para tiempos venideros y, mientras tanto, le suplico no insista más sobre este asunto enojoso.
El cañón de a bordo puso fin a la conversación, interrumpiéndola con un estampido que fue botando de montaña en montaña y de pico en pico.

África. Un español en el golfo de Guinea de Manuel Iradier. Las mil y unas voces, viajes y aventuras. Mondadori. p. 56

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