Las estrellas brillaban con claridad en la banda de cielo que se avistaba por entre los enormes cortados oscuros. Mientras repasaba tumbado la lección del día, la luna llena se asomó de pronto por la pared del cañón con semblante turbado, lo cual me generó una indescriptible sorpresa, pues, por un momento, llegué a creer que había abandonado su lugar en el cielo y había descendido un poco solo para mirarme a mí, como quien se cuela en la alcoba de otra persona. Me costó convencerme de que seguía ocupando su sitio en el firmamento, desde donde podía contemplar la mitad del planeta, el mar y la tierra, las montañas, llanuras, lagos, ríos y océanos, los barcos, las ciudades con sus miles de habitantes, los que duermen y los que velan, los sanos y los enfermo. No; parecía que estuviera en ese borde del cañón Sangriento mirándome a mí únicamente. Ahora sí que me sentía de verdad en comunión con la Naturaleza.
A: Mi primer verano en la Sierra, de John Muir. Traducció d'Alberto Chessa. Red Libre Ediciones. 2018. p. 190
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