"El león se convirtió en el animal protector de Venecia cuando san Marcos se convirtió en su santo patrón y, a partir de entonces, el león y la Serenísima fueron inseparable durante mil años, como China y el dragón. El papa escribió con desprecio sobre Venecia por ser un lugar degenerado donde
Los cupidos cabalgan sobre el león feroz;donde, aligerada de flotas, la mar Adriáticasostiene al blando eunuco y al zagal enamorado.
[...]
El león veneciano más imperial es la bestia alada que pintara Carpaccio en el Palacio Ducal, con una azucena junto a la pata delantera y una cola de metro y medio. La pareja más fea de leones se encuentra a los pies de la tumba de un embajador francés, en la iglesia de San Giobbe, cincelados por el escultor francés Perreau, coronados y con la lengua sobresaliendo ligeramente. El león más tonto se encuentra en los Jardines Públicos, procedente de la fachada de la Academia, y Minerva cabalga a mujeriegas sobre dicho ejemplar insignificante, con otra curiosidad anatómica en el casco: un búho con rodillas. El león más misterioso es el llamado león cangrejo, que se encuentra en un arco oscuro cerca de la iglesia de Sant’Aponal, y que no parece tanto un león como una especie de ser necrófago cubierto de plumas. El más modesto se encuentra en una columna en el exterior de San Nicolo dei Mendicoli; sostiene el libro de san Marcos entre las patas, pero no ha osado solicitar alas. El más directo está en un puente cerca de Santa Chiara, detrás del aparcamiento, donde unos peldaños que huelen a viejo bajan hasta el canal como unas escaleras de Dickens a la sombra del puente de Londres, y la desagradable bestia mira como Mrs. Grundy.
El león más patético es un ejemplar anciano que se encuentra en la empalizada del Palazzo Franchetti, junto al puente de la Academia, que lleva lánguidamente en la boca un cartel que dice “Labore”. El más desnutrido es un león alargado que hay en la fachada sur de la Basílica con tres o cuatro costillas que le sobresalen cruelmente por el pellejo. El más vistoso es el león alado de la columna de la Piazzetta, que tiene ágatas por ojos; se le estropearon las patas cuando Napoleón se lo llevó a París y le insertaron un libro limpiamente entre ellas cuando llegó a Venecia por primera vez procedente del pagano Oriente, convertido de basilisco salvaje en compañero del santo.
El más indeciso es el que se encuentra al pie de la estatua de Manin, en Campo Manin, y evidentemente, su creador no estaba seguro de si dichos carnívoros tenían pelo o plumas debajo de las alas (como dijo Ruskin a propósito de otro ejemplar chato que tenía pelo en las alas, “el estilo de su escultura no deja de ser interesante en varios aspectos más”). Los leones más seniles son los de la Dogana, que pierden los dientes lastimosamente y piden la pensión a gritos. Los más sufridos son los leones de pórfido de la Piazzatta dei Leoncini, al norte de la Basílica, que han sido utilizados por generaciones de niños venecianos como sustitutos de caballitos con balancín. Los leones más francos, los que más posibilidades tienen de triunfar, son los dos que se agachan, uno intrépido pero encadenado, el otro libre y tremendamente noble, bajo la elegante estatua ecuestre de Vittorio Emanuele, en la Riva degli Schiavoni.
El más enigmático es el león de abundante melena que hay a las puertas del Arsenal, y que tiene en la grupa unas runas nórdicas. El más seguro de sí es el león nuevo de la entrada de la escuela naval de Sant’Elena, que prohíbe la entrada a todo el mundo que no tenga un permiso especial del comandante. El más atlético mira sinuosamente más allá del dux Foscari en la Porta della Carta. El más amenazador está agazapado en la fachada de la Scuola di San Marco, con las patas sobresalientes, listo para saltar entre el mármol que le rodea. El que más reprocha mira hacia abajo desde la torre del reloj de la Piazza, más entristecido que enfadado, como si acabara de verte haciendo algo indigno debajo de la arcada. El más alegre… Pero vaya, ningún león veneciano es verdaderamente desagradable y las comparaciones son odiosas.
Proporcionan [los leones] al ambiente veneciano un elemento esencial, un elemento de obsesión chiflada pero afectiva. No es casualidad que en el centro del vasto Paraíso de Tintoretto, en el Palacio Ducal, el león de san Marcos esté cómoda y discretamente sentado, acurrucado junto a su amo en medio del frenesí que le rodea y discutiendo con el santo escribano, o eso pensó Mark Twain*, la ortografía correcta de una adjetivo."
De: Venecia, de Jan Morris. Traducción de Concha Cardeñoso. RBA. 2022. p.230
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