No crec que puguem acusar a Ryszard Kapuściński de parlar d'ell; en aquest cas l'autor aprofita un episodi personal només per introduir el tema. Agafar la malaria, per als viatgers, no pas per a les persones que la pateixen i que hi conviuen amb ella, sembla que sigui un certificat de viatger experimentat. Sí, ja sé que és una bestiesa pensar això, però jo ho he pensat; i encara explico l'experiència amb una mica d'orgull. Els senyals, un cop ja a Barcelona, van ser a la cuina tot fent el sopar: una sensació de fred extrem, una trompada insuportable amb els olors de menjar i un fort mal de cap. Al dia següent un desmai a la consulta mèdica. Dos dies intern i l'alta. Malauradament no tothom té la mateixa sort.
L'experiència de Kapuściński és més dura i la descripció mi
"La primera señal de un inminente ataque de malaria es una inquietud interior que empezamos a experimentar de repente y sin ningún motivo claro. Algo nos pasa, algo malo. Si creemos en los espíritus, sabemos que es: ha entrado en nosotros un espíritu maligno y nos ha embrujado. Nos ha paralizado y clavado. Por eso no tardamos en sentirnos entumecidos, pesados y sumidos en el marasmo. Todo nos irrita. Sobre todo la luz, detestamos la luz. Nos irrita la gente: sus voces estridentes, su repugnante olor y su tacto áspero.
Pero tampoco tenemos demasiado tiempo para experimentar semejantes ascos y repugnancias, pues al cabo de poco rato coma a veces de repente y sin haber dado ninguna señal de aviso, se produce el ataque. Es un súbito y violento ataque de frío. Un frío polar, ártico. Como si alguien nos cogiese desnudos, abrasados por el infierno del Sahel y del Sáhara, y nos lanzase directamente al altiplano helado de Groenlandia y las Spitzberg, entre nieves, vientos y tormentas polares. ¡Que conmoción! ¡Qué choque! En un segundo empezamos a sentir frío, un frío terrible, espantoso, espectral. Empezamos a tiritar, a agitarnos. Sin embargo, no tardamos en darnos cuenta de que no se trata del mismo temblor que conocemos de experiencias anteriores -de cuando, por ejemplo, pasamos mucho frío en la intemperie de un invierno-, sino que nos atenazan unas vibraciones y convulsiones que al cabo de poco tiempo nos desgarrarán en jirones. Y para intentar salvarnos, empezamos a suplicar ayuda.
¿Qué trae el mayor alivio en momentos así? En realidad, lo único que nos puede sacar del mal trance momentáneo es que alguien nos tape. Pero no que nos tape de manera corriente: con una manta, un cubrecama o un edredón. La cosa consiste en que la prenda de abrigo debe aplastarnos con su peso, aprisionarnos en una forma cerrada, apisonarnos. En un momento así, no hacemos sino, precisamente, soñar con que nos aplasten. ¡Nos gustaría tanto que nos pasase por encima una apisonadora!
[...]
Pero tampoco tenemos demasiado tiempo para experimentar semejantes ascos y repugnancias, pues al cabo de poco rato coma a veces de repente y sin haber dado ninguna señal de aviso, se produce el ataque. Es un súbito y violento ataque de frío. Un frío polar, ártico. Como si alguien nos cogiese desnudos, abrasados por el infierno del Sahel y del Sáhara, y nos lanzase directamente al altiplano helado de Groenlandia y las Spitzberg, entre nieves, vientos y tormentas polares. ¡Que conmoción! ¡Qué choque! En un segundo empezamos a sentir frío, un frío terrible, espantoso, espectral. Empezamos a tiritar, a agitarnos. Sin embargo, no tardamos en darnos cuenta de que no se trata del mismo temblor que conocemos de experiencias anteriores -de cuando, por ejemplo, pasamos mucho frío en la intemperie de un invierno-, sino que nos atenazan unas vibraciones y convulsiones que al cabo de poco tiempo nos desgarrarán en jirones. Y para intentar salvarnos, empezamos a suplicar ayuda.
¿Qué trae el mayor alivio en momentos así? En realidad, lo único que nos puede sacar del mal trance momentáneo es que alguien nos tape. Pero no que nos tape de manera corriente: con una manta, un cubrecama o un edredón. La cosa consiste en que la prenda de abrigo debe aplastarnos con su peso, aprisionarnos en una forma cerrada, apisonarnos. En un momento así, no hacemos sino, precisamente, soñar con que nos aplasten. ¡Nos gustaría tanto que nos pasase por encima una apisonadora!
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El ataque de malaria no solo se limita al dolor, sino que, como cualquier otro dolor, es una vivencia mística. Entramos en un mundo del cual tan solo hace unos momentos no sabíamos nada y, mientras tanto, ese mundo resulta que existe a nuestro lado y que finalmente se ha apoderado de nosotros, nos ha convertido en parte de él: encontramos en nuestro interior simas, despeñaderos y abismos desconocidos cuya presencia nos llena de pavor y sufrimiento. Pero el momento de los descubrimientos pasa, los espíritus nos abandonan, se marchan y desaparecen, y lo que se queda bajo la montaña de los hallazgos más estrafalarios es algo verdaderamente lamentable.
Tras un fuerte ataque de malaria, la persona se convierte en una piltrafa humana. Yace postrado en medio de un charco de sudor; la fiebre no lo abandona y no puede mover manos ni piernas. Todo le duele, la cabeza le da vueltas y tiene mareos. Está exhausto, débil, inerte. Llevado por alguien en brazos, da la impresión de no tener huesos ni músculos. Y pasan muchos días antes de que vuelva a ponerse en pie."
A: Ébano, de Ryszard Kapuściński. Traducció del polonès d'Agata Orzeszek i Roberto Mansberger Amorós. Editorial Anagrama. 2016 (p. 62)
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