Si el mejor momento para contemplar la piazza es a primera hora de la mañana, justo después del amanecer, el mejor modo de llegar hasta ella es desde el río: se sube por Lungarno Archibusieri, se gira a la derecha y, de repente, al final del largo pasillo de los Uffizi, abriéndose como un par de fórceps, ahí está, ahí la tienes. Uno se queda parado, humilde, en el centro del mundo. La piazza te examina. Al igual que la Pensione Simi (el primer alojamiento de Foster, en 1901), tiene residentes permanentes. Junto al Palazzo Vecchio, Neptuno se remoja en una fuente, que tan pronto está encendida como apagada. La imitación del David se alza inmóvil, y sus largos dedos rezuman gotas de Eros. Hércules golpea al derrotado Caco. Pocas plaza en el mundo poseen un ambiente tan cargado de acontecimientos históricos. [...] En la actualidad, el moho cubre las pantorrillas de Neptuno. El moho es el pie de atleta de la Historia. La piazza es la sala de baño del tiempo, donde los dioses y los héroes se exhiben desnudos, muestran sus gigantescos genitales, alardean de sus conquistas y enseñan sus trofeos. No es un lugar para las mujeres. Las mujeres que asoman entre el resto de las estatuas lo hacen como fantasmas de la histeria o el deseo masculinos. [...] Una herma, medio humana medio árbol, es la chica de calendario de la plaza. Su gran hoja negra de higuera atrae la atención hacia sí como un punto de fuga, su intento de huir de la lujuria incita justamente a aquello que pretende repeler. [...]
De noche la impresión es aún mayor. [...]A esta hora, la visión de Neptuno, de su resbaladiza humedad blanca, basta para despertar el deseo. Mirándole, uno acaba por comprender por qué los escultores luchaban por conseguir el mármol blanco de Carrara. Uno desea quitarse los zapatos, pasear por la fuente, rasgar el musgo de sus flancos con las uñas.
A: Florencia, de David Leavitt. Altaïr viajes. Ediciones Península (P.33)
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