"A Petrarca debo además el haber descubierto, ya en los años de formación universitaria, el placer que se desprende de la lectura de un buen relato de montaña, capaz de perpetuar la emoción de un ascenso a altas cumbres. Desentrañar, además, la parábola vital que comporta casi siempre la escalada a una cima. Fue en una edición bilingüe incluida en un volumen misceláneo de prosas latinas, cuya edición había coordinado en 1978 Francisco Rico, donde leí por vez primera la célebre epístola del cuarto libro de sus Familiares, aquella en la que el humanista evoca el ascenso al Mont Ventoux en compañía de su hermano Gerardo. Dirige dicha epístola a Dyonisium de Burgo Sancti Sepulcri, de modo que en mi recuerdo de viajero esta epístola se agolpa desordenadamente junto con los cachivaches de un viaje que emprendimos en pos de Piero della Francesca: una visita a la villa de Sansepolcro, en la Toscana nororiental más recóndita, a la que puso gancho la lectura de un texto de Aldous Huxley que nos persuadió a afrontar un apasionante descenso a Urbino por el puerto de la Boca Trabaria, sembrado de retama en aquellas semanas de junio en las que Álida y yo pasamos por allí en una primavera tardía de nuestras vidas. Hace de ello ya muchos años.
No hay precedentes para el relato de la ascensión al Ventoux. El hombre de la Antigüedad se adentraba en la montaña lo mínimo indispensable: para acceder al puerto que con mayor o menor comodidad le iba a permitir saltar al valle que yacía en la vertiente opuesta […]"
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