El viatge
"Ahora el viajero no viaja, lo viajan. Hubo tiempos en que dsplazarse suponía cierto esfuerzo: caminar, trotar, montar, remar, timonear. En nuestros días la posición del viaje consiste en sentarse en algún modo de sillón banco banquito y esperar que lo lleven. Vuelo, por ahora." (p.10)
"Pero viajar sigue siendo un gesto de desesperación: rozar, por un momento o unos días, todas esas vida que nunca podré. No hay nada más brutal, más cruel que entender que podría haber sido tantos otros.
Y, a veces, el alivio." (p.11)
"Viajar es, por supuesto, la confesión de la impotencia: ir a buscar lo que te falta a otros lugares. Si realmente creyera que no necesito nada más me quedaría en mi casa. Si realmente creyera que no necesito nada más sería un necio. Si realmente creyera que no necesito nada más sería feliz. Lo intento, desde hace mucho tiempo.
Pero la vejez -¿he dicho la vejez?- consiste en saber desde el principio que un viaje siempre se termina." (p.16)
"Es, sin duda, una forma pervertida del viaje -que hoy esté en Moldavia con quince bajo cero, mañana en Liberia con treinta y cinco sobre, el jueves supuestamente en Ámsterdam. Digo pervertida: en el sentido de que no es la forma que solíamos considerar normal. Había, en los viajes -solía haber-, cierta proporción entre lugar y tiempo: los desplazamientos en el espacio -en las culturas, paisajes, sensaciones- se correspondían con una demora que los forzaba a ser graduales, a desplegarse más o menos lentamente. En las últimas décadas viajar se volvió tanto más veloz, tanto más accesible, que aquella idea del viaje -distancia igual a tiempo- ya no corre. Hay que ir pensando otras. Algo así debe ser el hiperviaje: cliquear links en la red, brincos de un mico inverecundo.” (p.30)
Paso. Por los lugares paso: en este viaje los cruzo, nos rozamos.
Sigo con eso: viajes... (p.59)
"Lo tengo dicho: viajo porque viajar es la mejor manera que conozco de derrotar al tiempo. Es, por supuesto, una derrota breve pero, por unas horas, lo consigo. En un viaje, el tiempo se hace diferente: el tiempo del viaje es completamente distinto del tiempo sedentario. Una semana normal en Buenos Aires pasa tan veloz: en casa el tiempo se empequeñece, se comprime. En cambio esta semana, por ejemplo, el tiempo se ha estirado: es eleático, se subdivide infinitamente, como en el cuento de Aquiles y la tortuga. El tiempo dentro de un viaje se hace, digo, mucho más largo: menos fugitivo. Pero además cada viaje es como una puntuación del tiempo general: si me quedo en mi casa, los meses se me escapan. De pronto llega diciembre, se acabó. Como decía, tanto mejor - tanto mejor que nadie- Qcuasimodo: ognuno sta solo sul cuor della terra / traffito da un raggio di sole / ed è subito sera. En cambio, cada vez que me voy de viaje, la monotonía del tiempo se interrumpe: el tiempo se amojona y trastabilla. Es como un bache en la carretera: el sobresalto que interrumpe esa estúpida velocidad de crucero en que todo pasa sin que uno lo perciba. ¿junio pasado? No, no se, estaría en casa. No, te dije julio. Aj, julio, sí, estuve en Mozambique. Sí, claro, me acuerdo que una tarde…" (p.77)
"Siempre hay un momento en que viajar me parece tan superfluo." (p.114)
"No sé exactamente cuando se me ocurrió -en qué momento de este viaje- que no viajo pese a que me obliga a pasar largos momentos solo sino por eso mismo. Digo: que lo que me lleva a viajar tanto es la posibilidad de una buena justificación para estar solo. No estoy seguro, pero si fuera cierto me imprsionaría." (p.116)
"Viajar es un peso, una complicación, un gasto extremo. He visto tantas personas apiñadas en camiones, en trenes, en buseras, caminando bajo el peso de bolsos y canastos, esperando bajo soles y lluvias, que puedo entender que no puedan entenderlo: ¿por qué alguien viajaría si no está obligado? O que puedan entenderlo demasiado: estos que vienen para nada deben estar terriblemente al pedo y con mucha plata para gastar en tonterías, ¿no? Así somos nosotros para ellos -y, supongo, también para nosotros." (p.144)
"Siempre, en los treinta y tantos años que llevo viajando, me gustó ir a las zonas populares, los mercados, los barrios marginales, y una de las razones -¿una de las excusas?- era que cambiaban de país en país, mientras que las zonas ricas, en general, se parecían mucho en todos lados. Tenía su lógica: en la mayor parte del mundo -sobre todo en el tercero- los ricos hacían esfuerzos por parecerse a la metrópolis y terminaban construyendo los mismos edificios, mismos negocios, paisajes semejantes. En cambio los pobres no tenían tiempo ni capacidad para buscar esos modelos: un mercado en Zanzíbar se parecía tan poco a uno en el Cuzco. Ya no. Quizás ayude que ahora los pobres miran televisión e importan modelos. Pero, más que nada, es la chinización: aquel mercado de Zanzíbar y el del Cuzco y todos los demás venden la misma camiseta zapatilla radio devedé trucho lamparita desodorante chinos. Se podría suponer que los ricos buscaron su homogeneidad y que los pobres ¿la sufrieron? La sufre, en todo caso, el cronista, flâneur frívolo, que debe caminar cada vez más para encontrar la diferencia." (p.160)
"Este viaje -mi hiperviaje- es una puesta en escena de la cuestión que trata: migro migro. O es todo lo contrario: el migrante viaja para quedarse, viaja con la esperanza de no viajar más: busca un lugar definitivo. Yo no termino de llegar a un lugar que ya me voy a otro." (p.165)
D'Una luna, de Martín Caparrós. Anagrama. 2009